UN COMPLETO PASEO POR NUESTRA HISTORIA:

DE LOS CABALLEROS DE LA SIERRA A LOS AGENTES FORESTALES

Por Olivier Soriano Sierra

montes

 

Con la reconquista castellana de poblaciones serranas, se vio la necesidad de vigilar, guardar y defender las fuentes de riqueza existentes en esos territorios (montes, dehesas, campos de cultivo, etc.). De esta manera en el fuero de Molina de Aragón de 1112 se menciona por primera vez la figura de los Caballeros de la Sierra o Caballeros de Sierra, cuya principal misión era la defensa de los bosques, encinares, pinares y sabinares, árboles y arbustos, pastizales, cobros del uso de estos bienes y montazgos. Salvando las diferencias, eran la versión medieval de los agentes forestales.
En el concejo de Úbeda a principios del siglo XIII se realizaba después de la elección del concejo, entre los vecinos de cada colación, así como de las aldeas, viniendo para ello un caballero y un juez. En Segura de la Sierra se convocaba en el siglo XVI a todas las personas que quisieran ejercer el dicho oficio todos juntos en el día que para ello fuese nombrado y señalado por el cabildo.

A nivel real, serían durante el reinado de Carlos II, en 1677, cuando se dicte por primera vez, una real ordenanza que establece una “vigilancia de las masas arbóreas y los animales salvajes que las habitasen”. Posteriormente, en la época de Fernando VI, se dicta una ordenanza para la creación de los “Guardas de Campo y Monte” para que prendan, denuncien a los taladores, causantes de incendios y introductores de ganados plantíos. Esto crearía la desaparición paulatina de los Caballeros de la Sierra.
Durante el reinado de Isabel II, vigilaban los montes la Guardería Rural, los Guardas Mayores, los Guardas del Monte y del Estado y la Guardia Civil. En 1876, durante el reinado de Alfonso XII, desaparecen los colectivos anteriores, y es la Guardia Civil el único cuerpo encargado de vigilar el monte. Al año siguiente, por la Ley de Repoblaciones Forestales, se crea los Capataces de Cultivo en los distritos Forestales, y dos años después se les autoriza a denunciar los daños que se causen a los bosques y se contratan los vigilantes temporales de incendios. Este cuerpo es el que se considera como verdadero antecesor de los actuales Agentes Forestales.
En 1907, se percibe la necesidad de contar con un cuerpo que se ocupe de los montes, y como sus misiones son incompatibles con el carácter de la Guardia Civil, se crea sustituyendo al anterior, el Cuerpo de la Guardería Forestal del Estado.
La figura del Agente de Medio Ambiente sigue modificándose con diferentes títulos y colectivos hasta que en el año 1978, se firma un Real Decreto, por el cual la denominación de Guarda Forestal queda sustituida por la de Agente Forestal.
A partir de 1985, la Guardería Forestal es gestionada por las autonomías, por lo que este cuerpo sufre modificaciones según las necesidades en materia forestal, que presente cada Comunidad Autónoma.
Posteriormente, en el último lustro del siglo XVII la población de España podía estimarse en una moderada cifra, comprendida entre los siete y los ocho millones de habitantes; pero, aún así, las producciones del campo no bastaban para llenar las necesidades de su consumo.

El absolutismo y la concentración territorial estaban repercutiendo de modo muy grave, sobre la riqueza agraria, no existiendo control alguno sobre las talas abusivas que se realizaban en los bosques.

Las Cortes convocadas por el Rey Carlos II en Pamplona en el año 1677, se ocuparon con verdadero interés de la escasez de cereales en todo el país y de los grandes daños que se estaban causando a la riqueza forestal del mismo. Por primera vez se establecía una real ordenanza que establece una “vigilancia de las masas arbóreas y los animales salvajes que las habitasen”.

Sin embargo, fue este monarca el que sugirió la idea de una necesaria vigilancia directa sobre la riqueza forestal que habría de concretarse más con la aparición (en el año 1877) de los Capataces de cultivos, y, posteriormente (en el año 1907), con la creación del cuerpo de la Guardería Forestal de nuestros tiempos.

  • 1748.- Durante el reinado Fernando VI,  una nueva ordenanza, en su artículo 25, nombra a los “guardas de campo y monte con ese título, o el de celadores, ordenándoles que prendan, denuncien a los taladores, causantes de incendios, introductores de ganados en plantíos procurando que dichos guardas sean hombres de buena opinión, fama y costumbres”.
  • 1762.- Con el monarca Carlos III, por una Real Orden se crea la Compañía de Fusileros Guardabosques Reales.
  • 1866.- Con Isabel II, la acción vigilante en los montes está a cargo de la Guardería Rural, los Guardas Mayores, los Guardas del Monte del Estado y la Guardia Civil.
  • 1876.- Con Alfonso XII, quedan cesadas todas las guarderías y la labor de vigilar los montes recae exclusivamente en la Guardia.
  • 1877.- La Ley de Repoblaciones Forestales crea la figura del capataz de cultivo en los distritos Forestales. Dos años después, se les autoriza a denunciar los daños que se causen a los bosques y se contratan los vigilantes temporales de incendios.
  • 1935.- Durante la II República se crea el Patrimonio Forestal del Estado, que es reformado en el año 1941.
  • 1935-1975.- Bajo la dependencia de la Dirección General de Montes, Caza y Pesca Fluvial, coexisten la Guardería Forestal del Estado, la Guardería del Servicio de Caza y Pesca Continental y la Guardería del Patrimonio Forestal.
  • 1971.- Se funda el Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza (ICONA), que establece su propia guardería con la fusión de la del Patrimonio Forestal y la del Servicio de Caza y Pesca Continental, quedando como agregada la Guardería Forestal
  • 1978.- El Real Decreto 609/1978 sustituye la denominación de guarda forestal por la de agente forestal. El 6 de diciembre la nueva constitución es ratificada por referéndum y recoge en el título VIII el Estado de las Autonomías
  • Decada de los 80: cada autonomía dispone de su propia guardería forestal al quedar finalizado el proceso de transferencias de competencias en materia de conservación de la naturaleza.
  • 1989.- Se crea el Cuerpo de Agentes de Medio Ambiente de la Comunidad Autónoma de Canarias y los Agentes Forestales son integrados en él.
  • 2002.- Se transfieren a los Cabildos Insulares las competencias en Protección del Medio Ambiente e Incendios Forestales y con ellas, a los Agentes de Medio Ambiente.

 

El Rey quiere ingenieros y guardas

La Gaceta de Madrid, numero 52, correspondiente al martes 24 de diciembre de 1748, publicó un Decreto de Fernando VI, dirigido al marqués de la Ensenada, en el que, aprovechando el desahogo de los gastos de guerra, el Rey renunciaba a determinados ingresos de la Corona en favor del pueblo, concediendo a éste la gracia de los terrenos baldíos.

Con tal motivo, y al tiempo de comentar otras cuestiones agrarias pendientes, el monarca reitera al primer secretario de Estado su gran preocupación por la situación presente y futura evolución de la riqueza forestal española con las siguientes proféticas palabras:

“Hace ahora el tiempo de un mes que liemos concedido a don Manuel de Heredia la Secretaría de la Junta de Obras y Bosques, vacante por fallecimiento de don Gerónymo Val, y en nuestra Real Ordenanza del 7 próximo pasado hemos hecho saber, á Corregidores y Justicias, nuestro firme deseo por que cuiden con el mayor celo de la conservación de los montes y aumento de plantíos; pero mucho temo que no baste con la intervención de aquella Secretaría ni las previsiones de tal Ordenanza para llegar a una eficaz acción en favor de tan importante riqueza del Reino; y de ello podría haber gran remedio si se pusiera un mejor orden en lo que se ha imaginado en los artículos cinco y veinticinco de dicha Ordenanza; ya que no parece suficiente nombrar personas con generales ó vulgares conocimientos de árboles, tierras y propiedad de éstas sino que también sería muy acertado que todas las dichas personas actúen conjuntamente hacia el mismo fin usando de un superior saber, ganado con el estudio, que les permita hacer o mandar hacer lo más conveniente para lo que tienen encomendado sin que se distraigan con la práctica de ningún otro oficio o industria; y en lo que atañe a los guardas de campo y monte, si por el momento pudiere estimarse discreto se elijan y nombren cada año, no debe verse así para el futuro, ya que si bien parece sean personas de buena opinión, fama y costumbres, es preciso además, como aquellas personas de más sabiduría que citamos, actúen conjuntamente como vigilantes únicos de todos los bosques y plantíos del Reino, poniendo en su cometido la reciedumbre de sus cuerpos, la aversión al soborno ó a la malicia, y el largo conocimiento de los montes que tutelan, así como de las costumbres de los más rebeldes delincuentes.”

Es evidente que no hace falta ser un experto en Administración forestal española para darse cuenta de que Fernando VI no so lo acababa de definir -ante el marqués de la Ensenada y el secretario que te acompañaba para tomar nota de las regias palabras- al futuro y prestigioso Cuerpo de Ingenieros de Montes (incluso estableciendo el conocido lema de éste, usado desde sus primeros tiempos, de “Saber es hacer”), sino también al de la actual Guardería Forestal, que, además de poseer todas las buenas cualidades que señalaba el gran monarca madrileño, ha dado sobradas pruebas durante su larga historia, de estar dotado de otras muchas más, tan valiosas como aquéllas.

Al llegar a este punto -y aun sin afán alguno de entrar en esotéricas especulaciones- no hay, más remedio que sorprenderse ante la extraordinaria vinculación que existió entre la historia a personal de Fernando VI y la de los Cuerpos Forestales, porque, además de los señalado en el párrafo anterior, sabido es que tan prudente y melancólico soberano murió el 10 de agosto de 1759, en el castillo de Villaviciosa de Odón, de la provincia de Madrid, donde el día 2 de enero de 1848 se inauguró la “Escuela Especial de Ingenieros de Montes y Plantíos”, así llamada en el Reglamento de la misma de 18 de agosto de 1847, que había sido elevado al Consejo de Ministros por el titular de la Gobernación del Reino, don Antonio Benavides, el 10 de agosto, mismo día y mes en el que murió Fernando VI el año 1759.

 

Los fusileros Guarda-Bosques Reales

fusilero guarda bosques real

Su hermanastro, Rey de las dos Sicilias, se convirtió automáticamente en el monarca de España con el nombre de Carlos III, quien desde el principio de su reinado se distinguió, notablemente, por la defensa de todos los recursos naturales y artísticos del país, así como por el adecuado aprovechamiento y disfrute de los mismos por el pueblo.

Entre sus desvelos por la conservación de la Naturaleza, ocupan lugar preferente los que se refieren a la protección y fomento de los montes: de lo que es buena prueba el hecho de que, con fecha 4 de agosto de 1761 -antes de haberse cumplido los dos años de su subida al trono- sancionara una Real Ordenanza creando la “Compañía de Fusileros Guarda-Bosques Reales”, que estaba mandada por un capitán y a cuyas ordenes quedaban 103 individuos con distintas graduaciones.

Siendo la misión primordial de esta Compañía cuidar los bosques reales, su cuartel general radicaba en Aravaca, a una legua de Madrid, estando repartida en varios destacamentos, uno de los cuales, forzosamente, había de establecerse siempre en el lugar en que se encontrase la Corte.

El criterio de que las buenas leyes y su rigurosa observancia son el -apoyo más firme de la prosperidad de los Estados era constantemente difundido y defendido por los escritores, políticos y militares de la época de dicho soberano.

Así, en la obra titulada Juzgados Militares de España y sus Indias, escrita en 1788 por don Félix Colón y Larriátegui -descendiente directo del descubridor de América-, se podía leer lo siguiente: “Al Príncipe toca la promulgación de las leves; a su cuidado pertenece que sean justas, equitativas, claras, sin ambigüedad ni contradicción, útiles, acomodadas al estado y al carácter de los Pueblos, y capaces de arreglar y terminar brevemente las diferencias que más comúnmente se susciten entre ellas …” “Las maravillosas consecuencias que se han experimentado en lo interior de nuestra Monarquía de la subsistencia perenne de la Milicia reglada, han sido la supresión absoluta de toda violencia pública, el sosiego de la Religión, el premio de las virtudes, el castigo de los vicios, el culto de la justicia, la salud del Reino y la estabilidad de la paz …”

Acaso conceptos tan ditirámbicos no fuesen absolutamente exactos, por grandes que fueran los esfuerzos legislativos de los estadistas de aquellos tiempos; pero si en la realidad histórica encontramos hechos y sucesos de aquel reinado que contradicen tales asertos, no puede negarse que de los mismos se deduce el optimismo y la satisfacción por las mejoras introducidas por Carlos III en todas las providencias encaminadas a la defensa del orden y de las riquezas públicas.

La guerra que -el día 2 de enero de 1762- declaró a España el rey de Inglaterra no fue suficiente causa para desviar la atención de Carlos III hacia el fomento de los recursos naturales nacionales, ya que por Real Resolución de 19 de abril se nombraron “Visitadores de Montes y Plantíos”, a todos los cuales se les dieron instrucciones para el desempeño de su cometido.

Como resultado de los primeros informes redactados por la Compañía de Fusileros Guarda-Bosques Reales –y a propuesta del marqués de Grimaldí, primer Secretario de Estado- se publicó la Real Orden de 28 de mayo de 1764, dictando reglas para evitar los incendios forestales; precisando las precauciones que, para ello, habrían de observar “las personas que andan por tierras y montes”, así como las medidas para la vigilancia de éstas: Unos veinte años después, por Real Ordenanza de 29 enero de 1784, se estableció el “ Reglamento” para la citada Compañía de Fusileros Guarda-Bosques Reales.

 

Una etapa de crisis

Muerto Carlos III -el día 14 de diciembre de 1788-, subió al trono su hijo Carlos IV, quien -siguiendo las reiteradas recomendaciones de su padre- mantuvo como primer ministro a don José Moñino, conde de Floridablanca, tan conocedor de los problemas sociales económicos y agrarios del país. Entre estos últimos concedía especial atención a los forestales; pudiéndose citar como una muestra de ello el que a principios del año 1790, promoviera la concesión, en Madrid, de un premio de 1.500 reales de vellón para el que mejor escribiera sobre el siguiente tema: “Cuáles son los obstáculos que impiden y atrasan, en la actualidad, la prosperidad de montes y plantíos de España”. Y una de las principales conclusiones a las que llego el triunfador del correspondiente concurso fue la de la urgente necesidad del establecimiento de una adecuada vigilancia, tutelada por el Estado, con especial atención a los incendios y a la entrada del ganado en las repoblaciones jóvenes.

El protegido de la reina María Luisa de Parma -convertido en favorito del rey Carlos IV desde el año 1792-, don Manuel de Godoy y Álvarez de Faria, consiguió que el único interés de monarca por la Naturaleza se limitara a la fauna cinegética. Con ello, mientras el soberano cazaba incesantemente, abandonando los negocios del Estado, el primer ministro manejaba a su gusto el país y acumulaba toda clase de títulos (tales como duque de Alcudia y Sueca, Príncipe de la Paz y de Basano, Generalísimo de los Ejércitos y Gran Almirante General de España e Indias); pero en relación con la riqueza forestal nada de in- e se hizo bajo su Gobierno.

Sólo cabe citar que, en 31 de octubre de 1796, la recién creada “Conservaduría general de Montes y Plantíos” publicó una Orden reputando el aprovechamiento de aquellos que estaban a cargo de los Corregidores, y señalando la necesidad de someterlos a una rigurosa vigilancia, para remediar los desmanes que se cometían en los mismos. Y que en el año 1802, se publicó una Real Ordenanza creando una Guardería especial para la vigilancia de los montes sometidos a la jurisdicción de la Marina Real

Pero lo cierto es que los daños que se causaban en los arbolados iban en aumento; y se hacía patente y urgente la necesidad de ejercer una eficaz vigilancia de una riqueza sobre la de incidía una cantidad españoles cada vez mayor; a pesar de que en el censo realizado en el año 1807 se asignaban a España peninsular una población de solamente unos once millones de habitantes.

Durante los siete turbulentos años que van desde 1807 -en que comenzó la invasión francesa- hasta el re teso al país de Fernando VII -en el año 1814- los bosques hispanos estuvieron totalmente abandonados a su suerte. Y por si ello fuera poco, las llamadas Cortes Generales y Extraordinarias de Cádiz, por decreto de 14 de enero de 1812, dispusieron la extinción de la “Conservaduría General de Montes y Plantíos” y todas las Subdelegaciones y Juzgados particulares del ramo.

Por iniciativa del duque de San Carlos, primer secretario de Estado de Fernando VII, se publicó la Real Cédula de 19 de octubre de 1814, restableciendo la Real Ordenanza de 1748, nombrándose los Visitadores, Guardas y Celadores con el fin de “mejorar con la vigilancia y especial protección del Gobierno el fomento de Montes y Arbolados.”

Durante dieciocho años, a partir de la citada Real Cédula, ni una sola disposición oficial puede mencionarse que tuviera relación con la defensa de la riqueza forestal.

Acaso deba señalarse en tal sentido que, por delegación del monarca -que se encontraba enfermo-, la reina María Cristina de Borbón-Nápoles firmó el Real Decreto de 5 de noviembre de 1832 estableciendo el Ministerio denominado “Secretaría de Estado y del Despacho de Fomento General del Reino”, entre cuyas incumbencias y atribuciones privativas figuraban “el plantío y conservación de los montes y arbolados”, así como “la caza y la pesca”. Para dirigir este nuevo Ministerio fue nombrado D. Narciso de Heredia, conde de Otalia, con fecha 28 de diciembre del mismo año.

De todas formas -posiblemente porque otras cuestiones mucho más graves dominaban en el país- lo cierto es que todo lo relacionado con la administración y guardería de la riqueza forestal hispana se caracterizaba por una notoria indolencia y descuido cuando, el 29 de septiembre de 1833, murió en Madrid el rey Fernando VII.

 

Las Ordenanzas Generales de Montes

guarda finales 1800 pequeño

La reina regente y gobernadora, María Cristina de Borbón -durante la minoría de edad de su hija Isabel-, confirmó en el cargo de presidente del Consejo de Ministros a don Francisco Cea Bermúdez, y en el de secretario de Estado y de Fomento General del Reino, al conde de Ofalia; pero este último fue sustituido en dicho cargo por don Francisco Javier de Burgos -mediante el real decreto de 21 de octubre de 1833- como persona que se había distinguido notablemente por su afición y conocimiento, sobre temas agrarios y especialmente forestales. Consecuencia de ello fue la publicación, en la Gaceta de Madrid del martes 24 de diciembre de 1833 del real decreto del Ministerio de Fomento General del Reino -de 22 de diciembre- aprobando unas “Ordenanzas Generales de Montes” (conocidas desde entonces como las Ordenanzas de Javier de Burgos), que fueron de extraordinario valor para la conservación y fomento de la riqueza forestal española durante muchos años. En el título primero de las mismas se encargaba a una “Dirección General de Montes” de su cumplimiento, cesando toda intervención de “la Marina Real o cualesquier otros establecimientos del Estado” sobre la vegetación espontánea de los territorios nacionales, y en el titulo quinto se detallaba la intervención de los comisionados y guardas de la citada Dirección General de Montes.

La mencionada muerte de Fernando VII originó un agitado final de año político 1833. Como consecuencia de ello, y en lo que al ámbito forestal se refiere, debe citarse lo siguiente: el 15 de enero de 1834 es nombrado presidente del Consejo de Ministros el ilustre escritor liberal granadino don Francisco Martillos de la Rosa, quien el 17 de abril decide sustituir a don Francisco Javier de Burgos por don José Moscoso de Altamira en la Secretaría de Estado y del Despacho del Fomento General del Reino; el 13 de mayo este Departamento pasa a denominarse “Secretaría de Estado y del Despacho del Interior”; y el 17 de febrero de 1835 se nombra titular del nuevo Ministerio a don Diego Medrano, a quien se debe la división de la superficie de la España peninsular en distritos de montes y comarcas. También ese ministro firmó el real decreto de 30 de abril, del mismo año, por el que se creó el Cuerpo de Ingenieros Civiles, con las cuatro inspecciones de: Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos; Ingenieros de Minas; Ingenieros Geógrafos; e Ingenieros de Bosques. Con la aparición de estos últimos en la Administración Pública, se iba a facilitar decisivamente lo previsto en la real ordenanza de Fernando VI, de 1748, para el aumento y conservación de montes y plantíos; tanto en lo relativo al personal técnico (art. 5), como al de guardería (art. 25).

Carlos IV también se ocupó de las cuestiones forestales, y finalizando el siglo XVIII promovió un premio sobre el tema: “¿Cuáles son los obstáculos que impiden y atrasan en la actualidad la prosperidad de los montes y plantíos de España?” Y el ganador del concurso llegó a la siguiente conclusión: “Urgente necesidad del establecimiento de una vigilancia, tutelada por el Estado, con especial atención a los incendios y entradas del ganado a las repoblaciones jóvenes.”

La Reina Regente, doña María Cristina de Borbón, durante la minoría de edad de su hija Isabel II, firmó un Decreto, aprobando unas Ordenanzas de Montes, conocidas como de Javier de Burgos, donde se encarga a una Dirección General de Montes de su cumplimiento. Dos años después otro Decreto crea el Cuerpo de Ingenieros Civiles, con cuatro especialidades: Caminos, Canales y Puertos; Minas; Geógrafos, y Bosques,

Hacia mediados de siglo XIX, siendo reina Isabel II, se crea la Guardia Civil, cuya actuación afortunada se hace patente durante muchos años en la vigilancia de la riqueza forestal española, y aún hoy su ayuda es valiosa en todo ello y en la extinción de incendios, etcétera. En realidad, a principios de 1866 ejercían acción vigilante en los montes: la Guardería Rural; los Guardas Mayores; los Guardas de Montes del Estado, y la Guardia Civil.

Alfonso XII deja sólo como vigilancia de los montes a la Guardia Civil, diez años después, cesando todas las demás guarderías (1876).

Al año siguiente, por la “Ley de Repoblaciones Forestales””, se crean los Capataces de Cultivo en los Distritos Forestales; ya, aunque con otro nombre, los precursores de la Guardería Forestal. Y dos años después se les autoriza a denunciar los daños que se causen a los bosques y se crean los Vigilantes temporales de Incendios.

En 1907 se hace especialmente preciso un Cuerpo que se ocupe de los montes en su vigilancia y otras misiones incompatibles con el carácter de la Guardia Civil, se crea, sustituyendo al anterior, el Cuerpo de la Guardería Forestal, con el nombre que hoy tiene.

Dice el texto, entre otras muchas cosas: “El personal que se elija… ha de vivir apartado de todo lo que signifique influencia o favor y convencido de que sólo puede fiar la seguridad de su destino y la recompensa de los ascensos al cumplimiento estricto de sus deberes.”

 

Dificultad de la vida del guarda y su familia en los pueblos

Ya hemos visto que desde siglos se viene intentando por los gobernantes impedir los taladores, los fuegos en los bosques, la suelta de ganados, etcétera, señal ineludible del tremendo abuso continuo que se cometía por doquier contra las masas arbóreas. Eran costumbres seculares muy difíciles de desarraigar: el ganado suelto impidiendo el desarrollo de la regeneración natural y de las repoblaciones artificiales; el trasmocho de frondosas para ramón de los ganados; la tala de latizales para elegir piezas para arados, ruedas de carro, etcétera, la tala de fustales para vigas, arreglo de ventanas o puertas, muebles, etcétera. El Guarda Forestal era un intruso, un ser odiado que impedía la libertad -así también se llama el libertinaje- de los vecinos en los montes públicos de sus Ayuntamientos, y denunciaba con castigo seguido al hecho. Eran mirados con recelo y pocos intentaban ser amigos suyos. Por otro lado, tampoco podían, ni él ni los suyos, intimar con nadie por si después esos íntimos violaban la ley.

Ningún pueblo quiso tener el Guarda en él a comienzos de la creación del Cuerpo. Luego, haciendo caso al refrán de “al enemigo, en casa se le vigila mejor”, opusieron menor resistencia.

No fueron comprendidos. Por eso en la encrucijada de dos caminos forestales, en una de las Merindades de Castilla, levanté un obelisco con los escudos de España y de Montes y esta inscripción: “A los primeros forestales españoles que lucharon contra la incomprensión popular.”

 

Dura vida en el centro de los bosques

Muy pronto se vio que en determinados grandes montes o masas boscosas, la guardería en los pueblos quedaba lejos del corazón de los mismos y por eso se hacia difícil la vigilancia en las partes centrales y opuestas a sus domicilios. Se construyeron casas forestales aisladas en medio de esas masas arbóreas para residencia de los guardas y sus familias. Solían ser casuchas para dos familias, una junto a otra en sentido vertical. A veces con alguna habitación para los facultativos. Se añadía alguna dependencia para gallinero, porqueriza y cuadra, todo junto. Sin luz eléctrica, que no había, como no existían teléfonos ni radios. Los sitios donde se ubicaban solían ser una llanada o pradería, resguardada de los peores vientos, soleada, y muy próxima a un buen manantial. La comunicación con los pueblos lejanos era alguna senda de carro, Durante el día, y a veces de noche, las familias quedaban solas con algún perro que, al ladrar, pudiera avisar la presencia de intrusos o viajeros. En caso de emergencia las mujeres tocaban alguna bocina -de las que usaban reglamentariarnente los Guardas- o disparaban alguna escopeta. Vibraciones sonoras que si los Guardas estaban lejos o en algún vallejo encajado no las oían. Es ocioso decir que la cuestión escolar era nula y para enfermedades, accidentes o partos aviesos se utilizaba el traslado en una caballería, generalmente un asno, y, ya con cierto lujo, algún carro pequeño.

Las dos familias reunidas defensivamente, en ocasiones tenían efectos ofensivos. Las humanas virtudes y los humanos defectos giraban allí como las imágenes de un caleidoscopio y había roces que daban, muchas veces, lugar a traslados. Es lógico entre hombres, e insisto, entre mujeres.

En cuanto a la adquisición de víveres y utensilios, en algún día bueno se trasladaba un Guarda al pueblo de mejor mercado con una caballería y volvía con la bestia cargada de la brida, tras larga caminata, y, en el mejor de los casos, alumbrado por las estrellas.

 

Conocimiento de “sus montes” 

La Guardería conoce perfectamente sus montes; no hay lugar internado ni cumbre saliente; vallejo hundido o explanada iluminada como panza de lagarto al sol; vereda pina ni arroyuelo plateado; badén del río o paso entre cortadas rocas; manantial tentador o junqueral donde los pies se hunden en días húmedos; chozo para refugio o cueva en oquedades pétreas; laderones interminables o collados filtrantes de vientos, que no sepan con la exactitud de un plano, con su toponimia, y desde cualquier sitio precisan el tiempo necesario para llegar a otro lugar cualquiera por el que se les pregunta.

A nuestros guardas les quemaron todos los soles, les calaron todas las lluvias y granizos, les convirtieron en albarizas todas las nieves y les curtieron todos los vientos; la rosa entera de los vientos con sus diversos significados locales a lo largo y a lo ancho de nuestra patria. Les percutió el viento del Este, Euro o Solano, con la alegría de traerle el sol; les azotó el del Oeste, Poniente o Céfiro, con la nostalgia del ocaso, les quemó el rostro y las manos el viento del Sur o Austro. Y el del Norte, Aquilón o Cierzo, junto con el Noroeste, Brisa o Mistral, les lanzaron heladas ráfagas que pasaron sobre sus cabezas, pero nunca sobre sus corazones. Y en cada caso, en cada sitio, en cada instante, saben dónde tienen que dirigirse con rapidez para resguardarse, si es preciso.

Y cuando, solicitado el permiso de traslado se les ha concedido, al saberlo, les he oído balbucir más de una vez, echando un vistazo a los parajes inmediatos, “mis montes…”, mientras yo pensaba “mi guarda….”

Hubo siempre una gran compenetración entre los diversos Cuerpos de la Administración Forestal. Recuerdo que operaron a un guarda de mi sección antigua, en Burgos. Retrasé mi salida al campo y al salir del quirófano el operario estuvimos sus familiares y yo esperando un rato que pasara la acción del cloroformo. Al fin le hablaron varias veces y balbuceaba palabras no muy coherentes. Me decidí con frases optimistas sobre su operación inmediata y le dije que si sabía quien era.

Abrió los ojos y me dijo: “Si, mi jefe”, y me tendió las manos, que yo recibí con emoción que no supe disimular.

 

Identificación con sus montes. “Sentir” sus montes; su entrega

Para mí lo más notable de estos hombres no es sólo su misión y su conocimiento de la zona, verdadera palestra, sino su identificación con los montes, su sentir los montes profundamente. Sentir es entusiasmarse, querer. Y el que se entusiasma en su profesión da todo lo que es y se entrega. Y esto, en nuestro caso, no es un hecho sólo material, sino refinamiento del espíritu, sin darse cuenta ni suponerlo, al estar rodeados de tanta y tan extraordinaria belleza, ora pacífica, ora revuelta, de árboles y arbustos, de contrastes de color, de silencios, de ambientes purísimos en el aire y en las aguas. Aquella visión del bosque, como la de una orquesta sinfónica en orden de batalla sonora. Arriba, los agudos picachos; abajo, los graves valles y vallejos. La cuerda de sus divisorias, la madera de sus pies arbóreos y el metal de la percusión de los vientos, como trompetazos de contraste. ¡Toda una sinfonía de color! En la mayoría de las provincias hispanas el terreno es muy movido topográficamente y hay un acompañamiento monótono habitual en las largas marchas; valles, divisorias, valles, divisorias; bajar, subir, bajar, subir… De vez en vez, una llanada o valle amplio nos deleita. Desde él se observan mejor las elevadas cresterías rocosas como caireles de la erosión, sus escarpes, los grandes pináculos, como gigantescos molares, relojes de los siglos, esqueletos del mundo, que se interponen entre suelos y cielo. Amenazadores terribles, firmes ante el embate de los vientos, como cíclopes avizorantes desde sus atalayas… Aquellos vallejos estrechos, encajados, boscosos, olvidados de su paz, invitadores de descanso y de meditación. Aquellas cascadas luminosas producidas por el sol entre la enramada, como lluvias de luz filtradas por la hojarasca; de aquella delicia de viento fresco o gris entre la fronda, durante el estío caluroso. Aquella brisa primaveral, que balancea las hojas nuevas de los árboles para que presuman de sus nacientes colores y hacen descansar nuestros ojos en tina gama de verdes relajantes. De aquel movimiento brusco de ramas y ramillas con vuelos de ligeros elementos sueltos empujados por el viento. Y entre rama y rama, móviles ¡trozos de cielo! Aquel centelleo de miles de gotitas de agua convertidas en brillantes por el fuego solar, tras un rocío madrugador, que desaparecen si el sol se oculta. De aquellas capas albas en los inviernos, cuando los árboles no pueden soportar más peso de nieve helada, tan majestuosos que si les incide la fuerte luz nos ciegan sus resplandores. Aquel envolvente de niebla espesa que todo lo oculta y hay que avanzar poco a poco para descubrir pequeños sitios admirables, haciéndonos vivir la fantasía de que estamos atravesando un maravilloso palacio oriental deshabitado y hemos de ir descorriendo cortina tras cortina para admirar la belleza de sus estancias. Desde los altozanos, oteros o cumbres, se lanza la pupila por encima de las cimeras guías arbóreas, sobre los hondos valles de allá abajo. ¡Parece increíble hasta dónde llega la vista!, incidiendo en los verdes esmeralda de los prados, la gama de colores calientes de los poblados, el oro o verde claro de los cereales y, a un lado, otras laderas boscosas, más gama verdeocre de sus pies arbóreos que son los candelabros de aquel inmenso altar cubierto por la bóveda que forma el firmamento.

 Vigilancia

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